Cantándole a mi Huelva guapa.

lunes, 6 de junio de 2011

Los veranos en Cicotero - Relato Breve.


La última semana de Junio era especial en casa. Mi madre se levantaba por las mañanas con un brillo peculiar en la mirada. Un leve rubor coloreaba sus mejillas y durante todo el día estaba de buen humor, aún a pesar de que nuestras travesuras infantiles eran las mismas de todos los días y mi rebeldía natural siempre estaba ideando algún disparate que mi hermana seguía a pies juntillas. En esos días la zapatilla con la que mi madre nos amenazaba no salía de su lugar de costumbre, debajo de la cama. 

Mi abuela se encargaba esos días de hacer la comida y mi madre de las compras y de preparar todas las cosas que necesitaríamos durante las vacaciones en Cicotero, un campo que estaba a unos 12 kilómetros del pueblo y que para nosotras, mi hermana y yo, era como si estuviera en otro planeta. Allí como cada verano nos esperaban la tía Josefilla y el tío José, una pareja muy peculiar. La tía Josefilla vestía de color negro de los pies a la cabeza, el traje, el delantal, las medias, los zapatos de paño grueso y un pañolón que le cubría toda la cabeza y que dejaba escapar algunas hebras de cabellos grises en las sienes. Era bajita, menuda y muy activa, siempre estaba haciendo cosas; incluso cuando estaba sentada no cesaba su actividad y se la podía ver desmigando pan, arreglando el asiento roto de una silla o desbaratando un chaleco y enrollando la lana en una pelota enorme. Tenía unos ojos acuosos de un extraño color celeste y parecía que estaba llorando por todo, aunque no sintiera ninguna pena. Mi padre nos contó que la tía Josefilla nunca había visto el mar y que tal vez por eso el color de sus ojos no era de un azul intenso y en cambio tenían esa tonalidad lechosa del amanecer en el campo. El tío José, fuerte y rechoncho, siempre llevaba chaqueta y un sombrero negro calado hasta las cejas. Fumaba mucho, siempre tenía un cigarrillo entre los dedos, aunque a veces se lo colgaba de la comisura de los labios mientras guiñaba un ojo para evitar el humo. Tenía una sonrisa ancha y desdentada. A mi hermana y a mí nos asustaba la sombra que su figura proyectaba en el suelo y el Rubio, un viejo perro que se encargaba de cuidar el ganado, también se asustaba con él, porque le ladraba cada vez que pasaba por su lado. Sin embargo nos hacía reír hasta que se nos saltaban las lágrimas el día que comíamos sopa. Sus sorbetones -srrrruuuulllpsssss- sonoros eran muy cómicos y la tía Josefilla le decía: ¡La sopa no se sorbe! Y él le contestaba presto: ¡Si no la sorbo no me gusta! Y las risas continuaban durante toda la comida.
 

Cuando mi padre llegaba a casa después de trabajar, mi madre le enseñaba todas las cosas que había metido en las cajas que estaban en un rincón del comedor, y que se quedaban allí hasta la hora de subirlas al carro que nos llevaría al campo. A mí me gustaba ayudar a mi padre preparando su maletín con los artilugios para pescar, su afición favorita de las mañanas en Cicotero. Me fascinaban los flotadores de distintos tamaños y colores y el sedal tan fino que tenía liado en un trozo de corcho. Nosotras también preparábamos todo lo que nos queríamos llevar al campo. Mi hermana había puesto en una talega su muñeca, un cuaderno y una caja de lápices de colores. Yo tenía listos para llevarme unas cuantas hojas de recortables, unas tijeritas de puntas romas, un cuento de tapas duras que me habían dejado los Reyes ese año y una caja con figuritas en las que había de todo, brujas, ángeles, muñecas, enanitos y Blancanieves... Pero sobre todo tenía listo un pichelito de barro rojo que mi madre me había comprado cuando acabaron las clases y nos dieron las vacaciones en el colegio. Lo venía endulzando desde hacía varios días, y a pesar de que el agua tenía un sabor a barro insoportable, yo me había enamorado de su forma, de su color rojizo tan brillante y no consentía en beber como no fuera en él.
 

El día de la salida nos despertaban muy temprano. Cuando terminábamos de desayunar, nos íbamos corriendo a la puerta de la calle, donde ya esperaba el carro del Pestaña. Entre mi madre, mi padre y el Pestaña, subían todos los bultos al carro. Yo me aferré a mi pichelito y le dije a mi madre que lo llevaría en mis manos, temía que se rompiese si lo dejaba en alguna de las cajas que iban cargadas con todas las cosas.
 

Mi abuela no venía con nosotros, se quedaba en el pueblo para atender el negocio familiar, una pequeña mercería en la que vendían de todo, desde unas finas medias, hasta pañuelos, botones, corchetes, agujas, bobinas de hilo… La tienda ocupaba una habitación de la casa, todo un universo en el que mi hermana y yo teníamos prohibido jugar. En aquellos años, encima del mostrador había un timbre que pulsaban los clientes para llamar a mi abuela cuando entraban a comprar, y ella se encontraba dentro de casa haciendo las tareas; porque era una pérdida de tiempo estar esperando a que llegara la gente con todas las cosas que había por hacer en casa.
 

¡Y por fin nos montábamos en el carro! Mi madre nos cantaba canciones durante el trayecto. Mi padre se sentaba con el Pestaña en el pescante y se llevaban todo el camino sin dejar de hablar. Mi hermana repetía como una letanía una nueva palabra que había aprendido, ornitorrinco, ornitorrinco, ornitorrinco… Hasta que mi madre le puso música a la palabra y todos terminamos cantándola, incluso el Pestaña, con todo lo serio que parecía terminó muerto de risa con nosotros.
 

Los mulos que llevaba enganchado el carro tiraban de él a un buen ritmo, pero el llano se fue convirtiendo en cuesta y el caminar de los mulos se hizo más lento y cansino, hasta que el Pestaña nos dijo que nos bajáramos para que los animales pudieran subir sin tanta dificultad. Mi padre me bajó y me puse delante del carro y empecé a andar por el camino. El Pestaña arreó a los mulos y estos empezaron a subir la cuesta trabajosamente. Entonces empecé a acelerar mi paso, temerosa de que los mulos me atropellaran. Llevaba aún mi pichelito fuertemente sujeto y por mucho que aligeraba el paso, el carro cada vez lo tenía más cerca de mí. Mi madre me decía que me apartara del camino y yo no sabía cómo hacerlo, porque bordeando el carril había unas enormes matas de jara que simulaban una pared infranqueable. Sentí mucho miedo y empecé a correr. En mi alocada carrera terminé rodando por los suelos y lo peor de todo fue que el pichel se rompió. Empecé a llorar con tanta pena que el Pestaña detuvo el carro. Mi padre me cogió en brazos y me consolaba diciéndome que cuando regresáramos al pueblo me comprarían otro pichel. Pero mi pena era inconsolable, sollocé durante el resto del camino.
 

A la casa se llegaba por una trocha en la que el carro no se podía adentrar. Allí nos esperaba como todos los años el tío José con su burro provisto de amplios serones. El primer viaje del burro era para nosotras, mi hermana y yo nos metíamos una en cada serón y nos encantaba el movimiento de vaivén que producía el caminar del burro. Lástima que la trocha fuera tan corta, pues no tardábamos casi nada en llegar a la casa.
 

Recuerdo nuestros juegos como si el tiempo no hubiera pasado. La tía Josefilla nos dio una manta vieja, roída, de color rojo desvaído y sobre ella nos tendíamos debajo de los árboles. A la sombra de ellos mi madre se llevaba la radio y oía su novela y un programa que le gustaba mucho de canciones dedicadas. Mi hermana dibujaba muy bien y a medida que pasaban los días las hojas del cuaderno se iban llenando con árboles, perros, el burro del tío José, el arroyo que pasaba cerca y en el que nos bañábamos en las horas de más calor. A mí me gustaba recortar las muñecas de papel y los vestiditos que traían las láminas de recortables. A veces mi hermana y yo nos poníamos la manta por encima e íbamos en busca del Rubio para asustarlo, pero al final éramos nosotras las que terminábamos despavoridas corriendo del perro que nos perseguía ladrando.
 

Al lado de la casa había un horno de pan. Tenía una puertecita pequeña de hierro herrumbroso. En la trasera de la casa estaba el gallinero, aunque casi siempre estaba vacío, porque las gallinas campaban libres por todas partes. Sólo entraban en él cuando la tía Josefilla les echaba varios puñados de trigo. Con su voz ronca las llamaba:
 

- ¡Pita, pita, piiiiitaaaa!
 

Y al momento se llenaba el gallinero de gallinas que devoraban el trigo en un santiamén.
 

Todas las mañanas salíamos a dar paseos por los pinares vecinos. Mi padre iba provisto de un palo muy largo con una puntilla saliente en la punta. Con él llegaba hasta las piñas de los pinos. Con la ayuda de la puntilla tiraba de ellas y las caía al suelo. Nosotras corríamos a cogerla y la resina medio derretida por el calor terminaba pegada a nuestras manos. ¡Qué olor más agradable tenía! Ya en la casa nos sentábamos en el porche y con una buena piedra que tenía la forma de una tortuga, partíamos los piñones y nos dábamos un banquete con ellos.
 

Por las noches nos sentábamos al fresco. El cielo engalanado con su manto estrellado captaba nuestra atención. Si lográbamos ver una estrella fugaz, dábamos gritos de alegría. Imposible contarlas todas, había miles y a mí me hacían sentirme más pequeñita aún. Nunca más en todos estos años que han transcurrido desde entonces, he vuelto a ver un cielo igual: tan luminoso y enorme… El Rubio se echaba a nuestros pies y se pasaba las horas dormitando, mientras un concierto de grillos amenizaba la velada.
 

Así pasamos muchos veranos de mi niñez. Dejamos de ir a Cicotero cuando murió la tía Josefilla. El tío José no pudo soportar el vacío de su ausencia y se fue al pueblo a vivir con una hermana. Desde entonces la casa de campo cerró sus puertas para siempre.
 

Años después el Pestaña nos contó que un rayo había quemado el tejado y que ya sólo quedaban en pie los muros exteriores de la casa.
Image and video hosting by TinyPic


Con éste relato he quedado la tercera clasificada en el Concurso de Relatos Breves de Todoslosforos.

18 comentarios:

METAMORFOSIS dijo...

Pues me ha encantado el relato, por dos razones, una porque me ha recordado cosas que yo hacía de pequeña en el pueblo, cosas que solo conocen gentes que hayan vivido en pueblos pequeños....cosas y ciertas palabras!!!y la otra razón es porque cuenta una forma de vida, una forma de pasar las vacaciones que dista mucho de los usos y costumbres de ahora, y sin embargo éramos mucho más felices....que ironía de la vida no???
Por otro lado enhorabuena por tu tercer puesto, que a lo mejor hubiera sido otro si no hubieran aparecido los tramposos esos que dices....
Besos y abrazos.

Jabo dijo...

Hola: vaya sorpresa tan positiva me he llevado leyendo esta historia. He disfrutado mucho leyendo los entresijos que cuentas. La verdad es que la has hecho muy amena.
Abrazo. Jabo

Gloriana dijo...

Siempre habrá un Pestaña que nos informe del mal estado de la casa que tanto quisimos...Sabes que voté tu relato con la máxima puntuación...será por qué me sentí identificada con lo que cuenta?
Besos, Gloria...

Estela dijo...

¿Que es un serón y una trocha? por cierto estas historias son para enmarcarlas ^.^

Un beso guapa...!!!

uxue dijo...

Bonito relato escritora
Ya me hubiera gustado haberos visto en esa época. Qué bonitos recuerdos tienes y qué bien los cuentas.
Enhorabuena por ese tercer premio guapa!!
Un beso grande

SOAJOHN2 dijo...

disculpe donde me subcribo?
estoy dormido hoy disculpeme

Gloria dijo...

Hola Metamorfosis.

Me alegro mucho de que te haya gustado el relato. Y en cuanto al puesto que he alcanzado en el concurso, para mí ha sido mucho, porque no esperaba llegar a tanto. Al menos tengo la satisfacción de que la gente que me ha votado lo ha hecho porque mi relato les gustó.

Un abrazo.

Gloria dijo...

Hola Jabo, muchas gracias por tus palabras, me alegro mucho de que la historia te haya gustado.

Un abrazo

Gloria dijo...

Hola Gloriana.

Muchas gracias por esos puntos que me diste en en concurso. Me alegro que que haya gustado mi historia.

Un abrazo, amiga.

Gloria dijo...

Hola Estela.

Un serón es una especie de alforja muy grande que se ponía encima de los animales para cargar cosas en ellas.

Y una trocha es un camino muy estrecho.

Me alegro mucho de que te haya gustado la historia.

Un abrazo.

Gloria dijo...

Hola uxue.

Aunque en el relato hay algunos recuerdos propios, la mayoría son inventados. Me alegro de que te haya gustado.

Un abrazo, amiga.

Gloria dijo...

Hola Soajohn2.

Lo siento pero no entiendo lo que me preguntas, de cualquier manera, bienvenido a mi blog.

Saludos.

La Vampiresa dijo...

Gloria, que relato tan precioso,incluso me ha emocionado..a traido a mi mente recuerdos mios de pequeña con mi hermana y mi familia,todo lo haciamos de forma mucho más sencilla y nos hacia felices hasta el máximo,ahora todos vamos a cualquier parte y se pasa muy bién por no llega ni a una cuarta parte de lo que sentiamos antes....creo que esto es para reflexionar....yo creo que no es el destino al que vayamos,creo que el encanto está en que compañía llevamos y disfrutar de las pequeñas cosas,que al fin y al cabo es lo que nos hace felices.....

....una vez más enhorabuena por tu relato,es precioso y digno de un primer lugar,sin duda.

....Saludos y que los hados nos sean favorables..un besito..La Vampiresa

P.D: Gloria, llevas razón,por qué será que ya el cielo no brilla tanto???

Gloria dijo...

Hola Vampiresa.

Tienes razón en esto que dices que antes todo era mucho más sencillo, tal vez porque no había tantas cosas para elegir como hay hoy en día.

Y en cuanto a los cielos de nuestra niñez eran especiales, verdad? Yo creo que siguen igual de bonitos, lo que quizás es que ya no tenemos el mismo tiempo para disfrutarlos.

Un beso, muchas gracias por tus palabras tan bonitas.

CasaBlanca dijo...

Hola Mamen, voy a darte la enhorabuena aquí...

Es un relato muy bueno, me gustó mucho cuando lo leí, la verdad es que el concurso es estupendo.
Así que ánimos y a seguir escribiendo así de bien, independientemente de otras cosas que puedan enturbiar.
Muchos besos amiga.

Mentol dijo...

Soy Rafael (Mentol).
Acabo de leer tu relato y me ha emocionado, enternecido y transportado a otros tiempos, te lo aseguro.
Además, está tan fantásticamente escrito que mi imaginación ha recreado todo ello como si yo lo estuviese viviendo.
La verdad es que no sé como decirte cuanto me ha gustado porque todavía lo estoy paladeando, de verdad.
No sé como serían los dos que quedaron delante del tuyo, no lo sé, pero aún así éste queda grabado ya en mi memoria, te lo aseguro.
Y otra cosa: por lo que se escribe y cómo se hace puedes conocer un poquito a la persona, y siendo así, tengo la certeza de que tú eres extraordinaria.
¡Ganas me dan de regalarte un pichelito (botijito)!.

Un fuerte fuerte abrazo.

Gloria dijo...

Hola CasaBlanca.

Muchas gracias amiga, me alegro de veras que mi historia te haya gustado. Y como dices, a ver si el concurso sigue adelante.

Un abrazo.

Gloria dijo...

Hola Rafael.

Muchas gracias por tus palabras tan amables. me alegro de que mi historia te haya gustado y quizás te haya hecho recordar otros veranos de tu niñez. Pero exageras cuando dices que soy extraordinaria,jajaja, soy una mujer como hay millones en este mundo. Tú tienes un don muy especial, la pintura, pintas de maravilla y te felicito por ello.

Un abrazo, amigo.

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...