De nuevo me han premiado un texto que he presentado al concurso de Relatos Breves de Todosloforos. En esta ocasión he quedado en segundo lugar. Las palabras que debían aparecer en el texto eran las siguientes:
Azahar, libélula, albahaca y mandarina.
Según el organizador del concurso, que es quien las eligió, las escogió de una lista donde aparecían las palabras más bellas en castellano.
Como anécdota contaros que por estas jugadas que a veces nos hace la mente, confundí la palabra libélula por luciérnaga. Mandé el texto a concursar sin la palabra exigida y me avisaron justo el día que los iban a publicar para que los compañeros los votaran. Así que a la carrera tuve que improvisar para meter la palabra en el texto. ¡Con lo que me costó buscarle un huequito a la palabra luciérnaga en mi relato! Pero bueno, creo que al final no ha quedado muy mal visto el premio que me he llevado.
A ver qué te parece mi relato.
Con el sudor de mi frente.
Cuando empecé a trabajar tenía 15 años recién cumplidos. Mi padre no era de los que se andaban por las ramas y no consentía por nada del mundo que un hijo suyo viviera de la sopa boba. El año en el que sólo conseguí aprobar “las tres marías“ - Religión, Educación Física y la Formación del Espíritu Nacional - todo cambió para mí. Cuando nos dieron las notas, mi amigo Tomás que había perdido el tiempo tanto o más que yo y sus notas eran idénticas a las mías, exclamó: ¡Menos mal que he aprobado las tres marías, la mierda, la caca y la porquería! Y su carcajada fue tan grande, que se le vio la campanilla en el fondo de la garganta atrapada por las bolas rojas de las amígdalas inflamadas. Cuando mi padre se enteró, me dijo que si no quería estudiar, tendría que trabajar. Dicho y hecho; me buscó trabajo en una frutería que estaba en el mismo barrio. El frutero ya le había comentado en varias ocasiones que necesitaba una mano para el negocio y en cuestión de días tenía puesto el mandil y ayudaba a descargar las cajas de fruta y a colocarlas en la tienda.
- Las brevas tienes que mimarlas, niño, son muy delicadas y se estropean enseguida. Hay que acariciarlas como si se tratara de la carita de tu novia, ¿entiendes?
Esa era su muletilla, el final de cada frase lo terminaba ese entiendes que a veces venía a cuento y otras no. Así que si en el barrio todos le llamaban el Entiendes, él se lo había ganado a pulso.
- Niño, rellena el cajón de las “mondarinas”, que ya se le ve el fondo, ¿entiendes?
A mí me hizo gracia eso de mondarinas y le dije que se llamaban mandarinas y a él se le pusieron unos ojos como platos por la sorpresa:
- Niño, ¿tú estás seguro de lo que dices? Que yo sepa se llaman mondarinas porque se mondan muy bien, ¿entiendes?
Nunca le pude convencer de lo contrario. Me gustaba su compañía, era un hombre de trato amable y aunque nunca me dejaba estar quieto mucho tiempo, no por eso le tomé ojeriza, pues su buen humor podía con todo. Nunca me llamó por mi nombre, para él siempre fui el niño.
Trabajé con el Entiendes hasta que se casó y su mujer pasó a ocupar mi puesto en el negocio. De esos años me quedó para siempre el grato recuerdo del olor dulce de la fruta. Allí aprendí que a las naranjas había que tenerles respeto, porque algunas llegaban aún cogidas a la rama y a pesar de que a veces venían cargadas de flores de azahar, eran muy traicioneras, porque tenían también grandes pinchos que si no estabas al quite, te los clavabas sin remedio. Y supe así mismo, que no había peor olor que el de las patatas podridas.
El Entiendes me buscó mi siguiente trabajo en una sombrerería de la calle del Rosario. El dueño era un cuñado suyo. Allí hice de todo, barría el suelo, le quitaba el polvo a los sombreros expuestos en el escaparate y atendía al público. Sobre todo a las señoras, porque sabía piropearlas con arte y Don Sebastián, el dueño, me dijo que conmigo atendiendo a las clientas, habían aumentado las ventas. Se lo dije a mi padre muy ufano y él, contento, me palmeó la espalda. A mi madre, con mi primer sueldo, le regalé uno de los sombreros de la tienda, el que más les gustaba a las señoras. Se puso muy contenta cuando se lo probó y vio que le quedaba como hecho a medida. Me comió la cara a besos mientras me hacía cosquillas por donde podía.
Don Sebastián se murió una fría mañana del mes de Enero. Su señora se lo encontró tirado en el suelo del cuarto de baño. Su cara y su pecho tenían un intenso color azulado. Cuando el médico llegó, sólo pudo certificar su muerte. Mis padres hablaron con la viuda para comprar el negocio para mí. Pero lo que pedían por el traspaso era un dineral tan grande, que estaba fuera de nuestro alcance.
Así que de nuevo me quedé sin trabajo, pero esto no duró mucho. Mientras encontraban otra colocación para mí, mi padre me llevó a dar clases de mecanografía a casa de una señora. Se llamaba doña Manolita, era una mujer muy alta y bastante delgada, de huesos fuertes y anchos. Ya estaba jubilada y aumentaba su pensión dando clases en su casa. Había sido funcionaria del Ayuntamiento. Todas las mañanas de 10 a 12 me iba a su casa y me pasaba las dos horas siguientes aporreando el teclado de una vieja Olivetti. En el mismo horario que yo, había tres alumnos más, dos chicas y un chico. Las chicas eran mayores y el chico más pequeño que yo, así que allí no hice muchas amistades. Doña Manolita se sentaba en una mesa camilla que tenía instalada al lado de la ventana y nos vigilaba mientras hacía punto de cruz. A las dos semanas de estar con las clases, escribía de corrido y sin mirar al teclado ni una sola vez, se me daba bastante bien. Era el alumno más aventajado.
Durante el verano estuve atendiendo una centralita de teléfonos, sustituyendo las vacaciones del personal que trabajaba allí de forma fija. Recuerdo que engolaba la voz al atender la llamada y decía: “Buenos días, ¿número, por favor?” o buenas tardes o noche, según la hora del día que fuera. Al principio sentía curiosidad por lo que hablaba la gente y me quedaba prestando atención. Pero un día que llamó un señor, al finalizar la llamada y antes de dejar la línea libre, dijo: Esto para el sinvergüenza que está oyendo. Acto seguido oí un sonoro pedo que me hizo sonrojar hasta la raíz del cabello. A partir de ese día jamás escuché ninguna llamada de las cientos que atendí.
Por aquel entonces había abierto sus puertas un hotel dos calles por detrás de la mía. Mi padre conocía al conserje y habló con él. Le pidió que cuando necesitasen a alguien para trabajar, que se acordara de mí. Unos meses después entré a trabajar en el Hotel Plaza Mayor. Me dieron un uniforme de color azul oscuro. La pechera de la chaqueta tenía dos hileras de botones dorados. Estos botones los tenía que llevar siempre relucientes, porque el señor Fabra, el director, me decía que unos botones sin brillo eran de tan mal gusto que desprestigiaban a todo el hotel y espantaba a los huéspedes. Así que mis botones parecían espejos relumbrantes, y gracias a ello probablemente al hotel nunca le faltó clientela. Ayudaba a los clientes a llevar sus maletas hasta las habitaciones. Les subía el periódico o lo que ellos necesitaran, también atendía el ascensor. Era un trabajo grato, conocías a muchas personas. Algunas damas iban muy lujosas, vestidas con pieles, perfectamente maquilladas y fumando, el cigarrillo puesto en largas boquillas, algo que no estábamos muy acostumbrados a ver por mi barrio. Pero si por algo trabajar en el hotel era para mí un motivo de satisfacción, fue porque allí conocí a María, la mujer más linda que había visto en mi vida. Era la recepcionista del hotel y a la semana de conocerla estaba completamente enamorado de ella. A su lado me volvía un tarugo; la mente se me quedaba en blanco mi conversación se apagaba, y llegaba incluso a tartamudear. Esto me ponía nervioso y las orejas me empezaban a arder. Ella se daba cuenta y terminaba riendo con su risa cantarina. Era mayor que yo algunos años y tenía novio formal, así que fue un amor imposible. Me conformaba con su compañía y me pasaba las horas muertas soñando con ella. La miraba a hurtadillas; los rizos sedosos de su melena negra, sus labios rojos perfectamente delineados, la sonrisa tan bonita, el brillo de sus ojos color miel, el aleteo de sus pestañas tan fugaz como el vuelo de una libélula, el gesto infantil de morderse la punta de la lengua mientras escribía a máquina, el lunar que tenía cerca de la comisura de los labios…¡Era increíblemente guapa! Hasta que un día se casó y se fue a vivir a otra ciudad con su marido. Aún hoy en día, cuando pienso en ella, puedo oír el cascabel de su risa.
En el hotel fue donde me aficioné a la lectura. Sobre todo cuando tenía que trabajar de noche, un buen libro me hacía compañía y las horas pasaban más aprisa. Por las noches, algunas de las luces del vestíbulo las apagaban, y por ello no había buena luz para leer. Así que me compré una linternita pequeña y con su ayuda, devoraba página tras página. Me sentaba en un banco que estaba cerca de los ascensores, enfrente de la puerta de entrada del hotel. El portero de noche, Carmelo, me decía:
- Chaval, vas a terminar ciego, esa linterna alumbra menos que la luz de una luciérnaga.
Pero para mí era más que suficiente. Empecé leyendo las novelas del Oeste que escribía de forma ejemplar Marcial Lafuente Estefanía. Me pasé pegando tiros certeros que vaciaban las cuencas de los ojos, más de un año. Me metí en la piel de hombres que medían más de seis pies y medio, que montaban en caballos veloces, que no había forajidos que se les resistieran y terminaban casándose en cada novela. Hasta que un día me cansé de la vida de cuatrero y me pasé a las novelas de Ciencia Ficción. Destacando por encima de todos Julio Verne y H.G. Wells, con sus mundos ficticios creados con tanta realidad, que era imposible no creer en ellos. Luego llegaron las novelas policiacas, mis favoritas eran las de Agatha Christie, sin lugar a dudas la reina del misterio. Su personaje, Hércules Poirot, era sencillamente magistral. Me gustaba mucho más que la otra protagonista de sus novelas, Miss Jane Marple, que era también muy lista descubriendo criminales, pero siempre la consideré un poco chismosa.
Así fueron pasando los años y un día suplí en la recepción a Fidel. Al pobre hombre lo atropelló un tranvía viniendo de camino hacia el hotel. No había nadie para sustituirle y el señor Fabra vino a hablar conmigo. Me dijo que estaban en un aprieto y que me necesitaba más que nunca; a ver qué tal se me daba el asunto, que tenía plena confianza en mí. Se me dio tan bien el nuevo trabajo, que ya nunca más volví a mi antiguo puesto de botones y me quedé para siempre de recepcionista.
Trabajé más de treinta años en el hotel. He conocido a miles de personas. Algunos me han contado sus vidas, de otros sólo he sabido los datos que venían en su carnet de identidad. He visto de todo y he imaginado mucho más. Nunca me llegué a casar, después de María, no me volví a enamorar. Claro está que tuve amores fugaces con alguna que otra clienta del hotel. Amoríos que no dejaron huella alguna en mí. Mujeres de besos tibios y fuego en el cuerpo, que a la mañana siguiente de una loca noche de pasión, abandonaban el hotel y no volvía a saber de ellas nunca más en la vida.
Actualmente vivo solo y no acabo de comprender a la juventud. Les llaman los Nini, ni trabajan, ni estudian… ¡A esos les daba yo un padre como el mío y verás que pocos se iban a quedar ociosos! Mi vida fue puro trabajo. Como estudiante fui un verdadero desastre, los libros no eran lo mío. Pero trabajando fui muy responsable, siempre me esforcé al máximo. Es lo que quiso mi padre para mí y gracias a ello he vivido bien.
Hoy en día, libre de las ocupaciones y de tener que cumplir con un horario, he descubierto algo que nunca se me pasó por la imaginación y es que me encanta cocinar. He hecho un curso de cocina y me paso el día entre fogones, yo que jamás hice en casa ni un huevo frito, porque siempre comía en el restaurante del hotel. Ahora soy un perfecto cocinillas, lo mismo hago una bechamel, que un soufflé o una vichyssoise… Me gusta ir al mercado, hacer un recorrido por los puestos, seleccionar los mejores productos. Hoy voy a comprar una planta de albahaca, porque al parecer le va muy bien a la pasta. La floristería a la que voy la atiende una señora poco más o menos de mi edad, muy simpática, metidita en carne y de risa fácil. Según me han dicho está viuda. No sé por qué pero se me acaba de venir al pensamiento… ¿Sería posible que le gustase la ensalada de pasta que haré para cenar?


12 comentarios:
El relato me ha gustado mucho, creo que un segundo lugar no es para nada despreciable. Felicidades!
Me sorprende que dos de las palabras consideradas más bellas del idioma español sean de claro origen árabe.
Curiosidades.
Un beso.
Humberto.
Segundo lugar... muy bueno, Gloria. Por cierto, tanto como el texto.
Yo, como sabes, ando en plan pasotilla y no me apetece escribir. De todos modos no se me da bien inventar cosas. Soy más "contadora" de lo real. Envidio el mérito que tenéis haciendo esto.
Besos arrechuchaos!!!
La vida que cada cual llevamos es muchas veces un cóctel de casualidades, incidencias y decisiones que toman otros por nosotros. Un relato agradable que dibuja un personaje tan real como la vida misma.
Saludos
Muchas felicidades guapa.... eres genial :)
Busca porfavor la Película La Aventura del Poseidon pero la primera al del año 1972 hay una version nueva del 2006 creo esa no y hay otras, la que yo digo esta genial es una de mis favoritas y hay moraleja de supervivencia, de como los equipos no se ponen de acuerdao y van en distintas direcciones y al final hay unión de equipo, triste, suspenso, drama, mensaje de vida.
Me gusta el recorrido que vas haciendo por la vida del narrador. Los detalles están muy cuidados y parece que hagas realmente una auto-biografía. Muy agradable de leer.
Super entretenido el relato Glorita! Te felicito por el premio y por el ingenio que tienes para escribir. Lindas metáforas.
Te envío un beso grande!
Enhorabuena Gloria aunque ya os felicité...
vuelvo a hacerlo aquí, me parece que escribir un relato no es nada fácil y tu lo haces muy bien.
Me ha dado mucha alegría que fueses una de las ganadoras.
Aprovecho para felicitarte por tu santo, qué pases un día estupendo.
Muchos besos.
Muy buen relato Gloria
Menudo mérito contar una historia así y enganchar a quien lo está leyendo.
Hay que tener imamginación para enlazar esas cuatro palabras y hacer una historia, tú la tienes y muy buena.
Enhorabuena por el premio tan merecido.
Animo y a por el siguiente.
Gracias por compartirlo.
Un beso guapa
Meredisimo premio oara un fantastico relato, lastima que no se pueda traspolar a nuestros dias, el protagonista no lo habria tenido tan facil pata tantos trabajos.
Un abrazote y feliz semana.
Hola amigos.
Muchas gracias a todos por vuestros comentarios, es muy agradable para mi saber vuestras opiniones sobre lo que escribo. Sólo lo hago por distracción, no pretendo nada más.
Un abrazo.
Aplausos sinceros a tu relato, de una vida sencilla de trabajo continuo, sin desfallecer en ningún momento, con las palabras puestas, incluida la olvidada, de una forma magistral.
Un abrazo.
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